Al preguntarnos sobre la importancia del tópico del trabajo en el cine chileno de ficción, nos damos cuenta que su lugar es inexistente e ilusorio. El cine chileno ha creado una doble ficción que se desdobla a través de personajes que no poseen ninguna identificación con el ciudadano promedio de nuestro país. Claro, esto es, si convenimos la referencia en un citadino de clase media, trabajador de las PYMES, burócrata u oficinista que vive endeudado e inconforme con su bienestar general.
Si históricamente la clase media ha tenido una escasa representación y autoconciencia en el espacio público, el cine chileno de ficción ha distanciado aún más la posibilidad de este reencuentro, ahora como espectador.
El caso de Rabia de Óscar Cárdenas, grafica una espléndida excepción. Aquí el trabajo es el tema de discusión, o mejor dicho, la ausencia de éste: la cesantía. [1]
La película aborda el impotente trayecto de Camila Sepúlveda (Carola Carrasco), una secretaria de 25 años, que busca infructuosamente un trabajo. La mezcla utilizada es plenamente consecuente. Su película no tiene concesión alguna y está narrada a partir del tiempo muerto. Camila sólo puede “ser en espera” porque decide tener su oportunidad a través de la entrevista de trabajo, es decir, él único conducto regular para conseguir un empleo.
El tiempo real transcurre entre miradas incómodas y sonrisas cómplices con otras aspirantes a secretarias. Este tiempo vacío da la oportunidad para que deambulen diversos personajes, encuentros azarosos que ponen en relieve las injusticias laborales de todos los días: el que consigue un trabajo sólo por suerte, el que lo obtiene por influencias, la discriminación social y el ejercicio desmedido y perverso del poder.
Rabia viene a inaugurar un nuevo y gran paradigma en el cine chileno de ficción: la clase media desprotegida. Un personaje con valores y convicciones que es devorado sin compasión por la máquina. El establecimiento descarado de una sociedad darwinista y amoral, donde el más astuto y poderoso es el triunfador.
Óscar Cárdenas se ha saltado el proceso de reencuentro entre espectador y su imaginario en el cine, para realizar una obra con un violento sentido denunciatorio. Una cinta que habla directamente, sin polisemias aparentes, que ignora la ansiedad por la acción de muchos espectadores y que se esmera en hacer un retrato consecuente del Chile en la actualidad.
Parte de esta forma de interpretar la sociedad está en la prescindencia absoluta de los clichés de la industria chilena, como lo son el trabajo con actores famosos, los diálogos cargados de lugares comunes y locaciones ultra repetidas en el mundo audiovisual y publicitario chileno.
Rabia es un terreno desconocido, no sólo en lo temático, sino que también en su espíritu de independencia estética y económica. Las actuaciones, todas de actrices desconocidas, logran una cercanía inusitada. Una interpretación impresionante es la hecha por Carola Carrasco, que alcanza un increíble tono verídico que no se lograba, tal vez, desde Y las vacas vuelan.
La nula intervención de las locaciones, maquillaje y vestuario de horrible cotidianeidad, hacen que la precaria dirección de arte refuerce una historia donde lo inhóspito y el tedio se asoma como un elemento más de la atmósfera del film.
Finalmente hay un punto narrativo muy austero: un narrador objetivo, una estructura elíptica, un uso constante de supuestos emotivos, diálogos llenos de subtextos y una cámara que plantea la contemplación como un elemento central. Si bien, la tesis transversal del film es bastante clara, estos pequeños detalles crean un espacio de libre interpretación en que el espectador se puede apropiar de la obra. Un trabajo cuyo mensaje es claro y crítico, pero con una construcción lo suficientemente abierta para que englobe la participación de sus asistentes.
Rabia es una obra totalmente original dentro de la producción cinematográfica nacional, un trabajo inteligente que no pretende recrear burdamente nuestro entorno, sino que revelar la vida y los lugares habituales desde un punto de vista coyuntural reflexivo.
[1] Un antecedente clave de la cesantía en el cine chileno, es el filme El otro round (1983), de Cristián Sánchez. En esta película, un boxeador y su entrenador quedan en graves problemas económicos, una vez que dejan la actividad, debido a una derrota del púgil. Esto los obliga a buscar nuevos rumbos laborales en otras áreas. Con una evidente escasez de recursos, El otro round se posiciona como un gran documento fílmico-histórico de los años ochenta, reflejando la búsqueda de oportunidades de dos sujetos por las calles de un Santiago, muy pocas veces mostrado en el cine chileno.







La entrega de los premios Oscar el pasado domingo
